Después de pasar un fin de semana de completa paz y vida totalmente sana, me veo lanzado o más bien escupido a la vida ajetreada de Madrid. La verdad es que hasta que llegué al lugar de reposo también viví cierto ajetreo. Principalmente por mi infinita capacidad para perderme conduciendo. Es una cosa que, a pesar de disgustarme, realizo con cierta frecuencia. Debe de ser una forma de matar la soberbia que me produce el conducir tan requetebién.
El caso es que la misión en esta ocasión era llevar a Astracán desde la apacible plaza de Manuel Becerra hasta la Urbanización Los Negrales, que dista de Madrid la irrisoria cantidad de 35 Km. (más o menos un porrón de millas). Para la realización de la misión contaba con: La inestimable ayuda de Astracán, las indicaciones de [censurado], un montón de dudas, 3 chicas en plena adolescencia, 1.134.323 coches y toda la red de carreteras de la comunidad de Madrid.
Ya empecé mal la cosa porque las chicas se retrasaron y me pensé lo peor. Además no las conocía de nada y tenía que descubrirlas a ojo. Estuve esperando en la calle observando a todas las personas que pasaban por mi lado evaluando si podrían ser las susodichas. Tras sonreir a 18 chicas (de las cuales aceleraron el paso 3, me miraron con cara de asco 4, me insultaron 6, me devolvieron la sonrisa 2 y se vinieron conmigo 3… que son las que esperaba!) logré reunirlas. Nos montamos en el coche y empezó el periplo.
Tomamos la M30 para salir a la carretera N-VI (o A6 como se llama ahora). Esto fue un error porque dimos bastante vuelta. Pero no me apetecía pensar. Tras llegar a la carretera empecé a buscar la salida a Villalba. Salida que debía tomar. El caso, para no aburriros, os diré que terminamos perdiéndonos, nos metimos en el pueblo de Villalba, dimos 3 vueltas y cuando decidimos preguntar a un lugareño resultó ser una de las mujeres que venía con nosotros. Una alegría nos embargó al descubrir que tan perdidos no estabamos y que nos podíamos beber sin miedo las últimas gotas de agua que teníamos en la reserva por si las cosas empeoraban.
Tras llegar todo fue mucho mejor. El tener la certeza de que ya no se tiene uno que mover en todo el fin de semana tranquiliza bastante. Del fin de semana tampoco hay nada reseñable. Fue de lo más pío, con flagelaciones en común y catequesis a tuttiplen.
El domingo cuando llegué (lo de las flagelaciones iba de coña) quedé con la siempre encantadora y rutilante Maribel, con la que me fui a tomar un café en el famoso Café de Ruiz. He de decir que la fama del local, lejos de inmerecida le queda corta, y no sólo eso, sino que desviada. La gente se refiere al mismo por la decoración y el ambiente que tiene, lo cual no es incierto. Pero lo que de verdad debería hacer famoso al sitio es lo exorbitante de sus precios. Este pequeño detalle, lleno de simpatía y gracejo, consiguió arrancarnos una helada sonrisa. El momento en el cual la camarera nos indicó lo que debíamos pagar por la frugal merienda que habíamos tenido a bien tomarnos (un café bombón, un café con leche y un trozo de tarta de chocolate) fue de lo más memorable. La buena mujer llegó y nos dijo “Son 9 euros y medio”. A lo que, tras la sorpresa inicial le contesté “No, le habíamos pedido la cuenta de sólo esta mesa. No tenemos intención de invitar a nadie” convencido de que tal vez se pensaba que por haber dicho a la chica de la mesa de al lado que se le había caido la servilleta pensaron que eramos amigos y tomaron la resolución de cobrarnos también las dos copas de helado que estaban tomando. La camarera, tras unos segundos de mueca aturdida (esa mueca aturdida que se suele poner cuando entiendes el significado de todas y cada una de las palabras que te están diciendo pero no terminas de hallar el significado coherente del conjunto de las mismas) parece reaccionar y me contesta “por supuesto, sólo lo de su mesa!” ante lo que le tengo a bien terciar “Pero sólo nos gustaría pagar lo que hayamos ingerido mi guapa acompañante y mi persona, no lo de los anteriores. Que si bien, según los indicios, no han pagado no les conocemos absolutamente de nada”. La buena mujer me mira con sonrisa divertida (una sonrisa que me recordó a los jugueteos del gato antes de zamparse al ratón) y me contesta “Pero qué ocurrencias!! claro que sólo lo suyo: un bombón, un conleche y una de chocolate”. Viendo que no llegabamos a ninguna parte y dándome cuenta de que este sitio era más caro que una cerveza fría en mitad del desierto se me ocurrió preguntar lleno de intriga “¿Y aceptan cheques para pagar los almuerzos?”. Cuando la ya desternillada encargada iba a contestar Maribel terció alargando un billete de 10 euros y diciendo “Si tiene la amabilidad de cobrar las viandas ingeridas lo antes posible, se lo agradeceré infinitamente; ya que tengo especial interés en abandonar con la mayor premura de tiempo el presente local público”. La chica cogió el billete y afirmó “Descuide señora, que presurosa voy hacia la caja registradora con el presente papel moneda que ha tenido a bien entregarme en prenda. A la mayor brevedad posible le haré entrega de la diferencia entre lo consumido y lo entregado”. Tras oir esto, Maribel miró hacia su derecha a la vez que levantaba la mano izquierda en señal de negativa y dijo “No, pardiez, faltaría más. Tenga a bien el embolsarse tan irrisoria suma para el pago de lo que tenga menester. Aunque le recomiendo que lo invierta en el patrocinio de misas por el alma del que fija los precios de este café, ya que me parece a mí, si me permite el comentario, que como siga cobrando semejantes sumas al cielo no va a ir”. “Permítame decirle -contestó la inclinada camarera- que dicha persona es la que se encuentra enfrente de usted”. “Pues dicho queda -dijo mi querida Maribel- y que Dios la guarde muchos años, porque en cuanto eche su ultimo aliento es probable que el maligno arranque en un decir “Jesús” su podrída alma de su avaro cuerpo”.
Tras este cruce de palabras abandonamos el local con la ira claramente marcada en la frente de la camarera. En parte por lo que había oido y en parte por el manotazo con el que mi querida Maribel había acompañado sus últimas palabras. Cuando le pregunté a Maribel sobre el por qué de dicha actitud me contestó que por favor lo olvidáramos porque ese no había sido un comportamiento propio de una señorita. Conociéndola como la conozco preferí no insistir en el tema ya que la última vez que lo hice en circunstancias parecidas (en las que había partido una botella en la cabeza de un camionero en un bar de carretera al que fuimos en plena marcha hacia Bruselas) rompió a llorar y, entre sollozos, me dijo que ella no tenía intención de hacerlo, pero que el aliento de ese camarero la había enfurecido de tal modo que perdió el control de sí. Y así lloró hasta bien entrada la semana la pobrecita mía.
Tras el café encaminamos nuestros pasos hacia casa. Volvimos dando un paseo de lo más agradable (primero de la temporada) en el que pudimos apreciar como habían crecido las farolas de la calle Miguel Ãngel y cómo se había desarrollado el semáforo del puente de Nuevos Ministerios. Toda la Castellana tenía un entrañable olor a petróleo y daban ganas de salir corriendo entre los coches, irrumpiendo en mitad del atasco!!
El caso es que al final la dejé en casa y hoy… es lunes… que pena!:cry:

Leave a Reply