Edelmiro Fuensanta empezó su nuevo trabajo como controlador de peaje de la radial 4 de Madrid muy contento por la oportunidad que se le brindaba. Se prometió a si mismo que iba a desempeñar su trabajo con la diligencia y dedicación propia de una persona comprometida con su empresa y seria. Cuando le enseñaron su lugar de trabajo se sentía pletórico. Era un lujo: su mesa, su silla ergonómica, sus vistas a la sierra, su calefactor, su ordenador… todo se le antojaba genial. Incluso le dieron un anorak plumifero de la empresa.
Esa misma tarde empezó a trabajar. Su horario de trabajo era de 14:00 horas a 00:00. De lunes a sábado. Un horario que se le antojaba estupendo porque así podría hacer sus recaditos por la mañana e ir a trabajar sin nada que hacer pendiente. Tras colocar su silla, el marco con la foto de su perro, habituarse en el manejo del ordenador, se sentía preparado para recibir al primer cliente que, casualmente, aparecía en la lejanía. Según se acercaba se iba sintiendo más nervioso. Era toda una responsabilidad. Tenía que hacerlo bien. Estaba a 50 metros. Ya no quedaba nada, avanzaba lentamente. De pronto empezó a variar su rumbo hacia la cabina de su compañera, que fue la que hizo el trámite de cobrarle. “Bueno! En el fondo me alegro! No sé si aún estoy preparado para ello!” se dijo, “imaginate que me hace alguna pregunta que no sepa contestar… he observado y ya sé cómo se debe comportar uno”. En realidad la compañera estaba a 4 cabinas de él. Las cabinas intermedias estaban cerradas ya que la carretera -al ser nueva- no tenía mucho tráfico y con 2 operarios bastaba para que no se formaran hileras de coches. En realidad habría bastado uno. Pero los sindicatos habían conseguido que trabajaran siempre al menos 2 juntos para que no se sientan solos.
Edelmiro estaba encantado, todo calentito en su cubiculo mientras leía una novela de terror que se había comprado la noche anterior previendo estos estupendos momentos de ocio que siempre da el trabajo. Como quiera que llevaba mucho leyendo y no venía ningún cliente nuevo decidió que podría hablar con la chica de la cabina de al lado. Así que ni corto ni perezoso buscó el teléfono. Seguro que marcando su número de cabina podría hablar con ella. Estuvo buscando 30 segundos (el tamaño del cubículo no daba para más) y se dió cuenta de que no había ningún teléfono. Vaya por Dios! Debe de ser para que no se distraiga del trabajo. Claro, debe de ser eso. Así que después de encogerse de hombros retomó la lectura. Tras veinte segundos leyendo decidió que quería hablar con alguien, que tanto silencio le ponía incómodo, así que se pegó al cristal de su cabina y se puso a dar golpecitos con una moneda en el mismo, mientras miraba el dirección a la cabina de la chica para ver si le miraba. Pero estaba a lo suyo leyendo, supuso, alguna revista.
Miró a la carretera y como quiera que no vió venir ningún coche en, al menos, 2 Km, decidió que tal vez sería bueno acercarse andando hasta la cabina de al lado. Así que abrió la puerta de la suya y se disponía a salir cuando una voz salida de algún sitio y con el toque metálico de un altavoz le interrogó “¿A dónde va, puesto 07?”. El hombre impresionado por el control al que era sometido preguntó a su vez “¿Cómo sabe que me voy?” a lo que la voz le contestó “Los sensores han detectado que se ha levantado de su silla y que ha abierto la puerta de la cabina. ¿Le ocurre algo?”. Edelmiro contestó inocente “No, es que me aburría y me preguntaba por la posibilidad de ir a hablar con la chica de la cabina de al lado…”. Se escucha un silencio dubitativo en el otro lado de la línea de cobre (que a saber dónde estaba). “De acuerdo” dijo al fín.
Edelmiro cerró su puerta y salió en dirección al puesto de su compañera. No había dado más de 3 pasos cuando vió a lo lejos un coche. “Mierda! -pensó- ahora que hago?”. Tras unos segundos de duda volvió corriendo a su sitio. Colgó el plumífero en la percha, abrió la ventanilla y se sentó a esperar. El coche se paró a 4 metros de las cabinas. Dudó y tras unos segundos se fue donde Edelimiro. Éste, sorprendido, se puso de pie del susto. Lo observó bien, era un turismo bastante antigui. Un Opel Astra color gris metalizado (con algún que otro bollo) de la versión del 92 aunque éste, por la matrícula parecía del año 93. Dentro iba un chico cabezón con la música de INXS sonando y un Schnautzer gigante, con el cinturón de seguridad puesto, sentado en el asiento del copiloto. “Buenas noches tenga usted, señor empleado de la contrata oportuna” saludó el recién llegado. “Buenas tardees… estooo… noches!” contestó Edelmiro. “Sería tan amable de indicarme la suma exacta que deba abonarle para que mi querida perra Chufa y yo podamos continuar la marcha?”. “Sí, -contestó Edelmiro- es lo que indica la pantallita que tiene delante: un euro con cincuenta céntimos”. El peculiar individuo se puso a buscar y rebuscar en sus bolsillos y sacó un montón de monedas, un kiko, un clip y un kleenex usado. Cogió el kiko y se lo dió a su perra, el pañuelo de papel lo volvió a meter en su bolsillo y las monedas empezó a contarlas: “veinticinco, treinta y cinco, setenta y cincoooo… uno veinticinco… uno treinta y uno cincuenta! Aquí tiene”. Al recibir la cantidad, Edelmiro lo contó, quitó un botón que estaba entre las monedas y le dió finalmente al botón de abrir la valla. Estaba emocionado, era la primera vez que abría la valla. Ya había hecho su primer cliente!!
El conductor tan extraño le dió las gracias y le dijo con un halo de misterio “Para cuando no sepa que hacer. Tenga usted. Abralo sólo cuando no sepa que hacer”. Y arrancó el coche a toda velocidad a la vez que gritaba “Vamos Astracaaaannn!!!”. Cuando se disipó el humo causado por el acelerón de dicho vehículo, Edelmiro miró a su mano y descubrió un sobre lacrado con unas letras. La K y la N. Estaba lleno de curiosidad, pero no quiso abrirlo. Las indicaciones de tan peculiar personaje habían sido bien claras. Así que lo escondió debajo del teclado. Al dejar el teclado vió en la pantalla el último ingreso que acababa de hacer: un euro cincuenta. Y le volvió la alegría al cuerpo.
Esta alegría le duró media hora. Pasada la cual le volvió a dar vueltas a la idea de salir a saludar a la compañera de trabajo que estaba tan aburrida como él. Miró la calzada, vió que no venía nadie y volvió a levantarse. Cuando abrió la puerta volvió a sonar la voz de antes “Qué ocurre ahora?!”. Edelmiro puso voz de corderillo “No, queee voy a ver a mi compañera de trabajo…”. “Otra veez!!!??” Pregunta con voz de hartura el vigilante de los vigilantes de la carretera. “No es que antes no he podido hacerlo porque…”. “Haga el favor de sentarse en su sitio y estar a lo que tiene que estar!!” le cortó la voz enfadada.
Edelmiro se sentó y empezó a refunfuñar pensando que era injusto. Se puso a contar las cabinas que había: 24, las que le separaban de su compañera:4 y a hacer la media de trabajo que tendría en un mes y se le cayó el alma a los pies. Si pudiera al menos comunicarse con alguien… cuanto más aburrido estaba más pensaba en la carta que le había dado el extraño cliente. Como quiera que no venía nadie y que ya estaba harto del libro que estaba leyendo (“Ensayo sobre la capacidad de respiración de las amapolas silvestres”) cogió el sobre de donde lo había metido. Lo miró, dudó un rato. Lo sopesó: el papel del sobre era de calidad y el contenido pesaba. Miró la lacra: tenía grabada la letra K y la letra N. Se puso a pensar en posibles significados de las iniciales. No se lo encontró. Y barajó la posibilidad de que fuese un testamento o una confesión de un crimen horrible… esto último le puso frenético y no pudo evitar la tentación de abrir el sobre, así que lo abrió y se puso a leer muy despacio. La carta comenzaba así:
Fin de semana movido
He tenido un fin de semana de lo más movido. Estoy tan cansado que tengo la sensación de que me han robado el fin de semana. Pero no es así, he hecho bastantes cosas. Para empezar fui a buscar mis trajes nuevos al sastre. Eso, ahora que recuerdo, fue lo peor del fin de semana. Tras comer con mi hermana, mi cuñado y mi madre me fui a buscar los trajes con Astracán. Mi cuñado me indicó como llegar hasta el sastre (que está en Vallecas) sin perderme, pero no contaba con mi ingente capacidad de pérdida. Me perdí y dí (por tercera vez en mi vida) la vuelta entera a la M-30. Me contrarió tanto este extremo que decidí ir a casa, dejar a Astracán e ir allí en metro. Tras aparcar me fui a casa, me tomé un café y salí para allá. El metro estaba repleto de gente en los 2 transbordos que debía hacer. Mientras iba me preguntaba como iba a volver con tanta gente y los 2 trajes.
Por fín llegué a la sastrería donde me recibió el buen hombre que me hizo los trajes. Estaba atendiendo a 2 parejas y no se decidían a elegir entre 2 trajes. Realmente eran un poco pesados. Por fín tocó mi turno, me dió los trajes y me fui. fue tan amable de meterlos en una bolsa doblados para que no ocuparan tanto.
Por fín llegué a casa, quedé con Maribel con la que me fui a tomar un cafelito al VIPS. Costó decidirnos, pero es que no había otro sitio apetecible medianamente. Luego nos fuimos a una tasca descubierta por cierta persona que vive en mi misma casa y cuyo nombre me está vedado desvelar y allí cenamos de tapas. La comida estaba muy buena y el sitio era muy chulo. Tras esto que se prolongó por las cervecitas nos fuimos a dar una vuelta. Por fín volvimos a casa a una hora de lo más decente porque al día siguiente teníamos que ir a Málaga ya que bautizaban a una sobrina de Maribel y su hermano había tenido el detalle de invitarme a mí también. Fui encantado porque es una familia de lo más agradable. Además el hermano mayor de Elena (la niña a la que bautizaban) es simpatiquisimo y listísimo y me parto de risa con él.
Fue una paliza de viaje, pero llegamos bien. Tras el bautizo (que fue el domingo) nos fuimos a comer para celebrarlo. La comida estaba estupenda. Nada más terminar la comida salimos hacia Madrid. Llegué a casa a la 1 de la mañana. Me acosté y aquí estoy. Como veis no he parado en todo el fin de semana. Pero me lo he pasado estupendamente.
Estrené uno de los trajes y la verdad es que es muy bonito, pero no sé si me queda un poco grande… tendré que engordar…
Tras leer la carta Edelmiro se quedó pensando en la tontería que acababa de leer. Esto le duró 5 minutillos. Cuando estaba pensando en volver a intentar visitar a su vecina de trabajo sonó un timbre en su cabina y una voz de mujer grabada le indicó “Fin de turno. Hasta mañana!!”.
Edelmiro salió. Intentó ver si estaba su compañera de trabajo pero ya no estaba. “Lástima -pensó- me habría gustado saludarla”. Y empezó a andar hacia su coche para volver a casa. Sin saberlo ese día había empezado su camino sin regreso a la locura.
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