Era una noche cerrada. Hacía frío. Eduardo Pinco se encontraba apoyado en una esquina de una calle solitaria preguntándose por qué no estaría durmiendo. Miró el reloj, eran las tres de la mañana. Se estaba retrasando. Pensó en encenderse un cigarrillo, pero en seguida cambió de idea ya que la luz de la brasa podría delatarle. Decidió esperar intentando pasar el rato observando el vaho que salía por su boca.
De pronto oyó el ruido de un coche. Se ocultó en las sombras del callejón que daba a la calle principal. La que hemos denominado como calle principal no era más que una calleja de mala muerte de no más de 3 metros de anchura, sin aceras y si la oscuridad nos permitiera ver sus paredes las descubriríamos sin ventanas, con desconchones y pintadas. Era la parte pobre de uno de los barrios más pobres de la ciudad.
El coche pasó lentamente y con las luces apagadas. Nada más pasar el callejón se detuvo y descendió del mismo un hombre alto, y negro vestido con un elegante traje azul marino. Dada la escasa iluminación y el tono de su indumentaria apenas se podía distinguir. Se dirigió al escondite y se encaró con con el que llevaba tanto tiempo esperando. (more…)
Gregorio se levantó. Esto no habría sido digno de mención si no fuera porque Gregorio era paralítico. Él mismo era consciente de lo extraordinario del hecho. Todos los días al despertar hacía el intento, vano hasta ahora, de levantarse. Era el último resto de la negación de la evidencia que le quedaba de cuando tuvo el accidente. Ya lo hacía como una rutina más, como un derecho-deber. Derecho a mantener la esperanza y deber de seguir albergándola. Ese ejercicio mental había dado su fruto en el cuarto de Gregorio ese quince de mayo, tres años después del trágico suceso que le arrancó la posibilidad de valerse por si mismo.. Y ahí estaba Gregorio. De pie. Con la misma sensación que debe tener el típico perro que, por instinto, se dedica a perseguir a las palomas y un día atrapa a una. Una sensación de sorpresa, de miedo, de ignorancia. Y unos pensamientos… ¡qué pensamientos! Nunca su cerebro había trabajado más rápido analizando la situación. Meditando sobre las posibles causas, sopesando las posibilidades de que fuera una mejora temporal, o un sueño, o algo imposible.
Preston era el escarabajo más fuerte del mundo. Al menos eso era lo que pensaba él. Nadie podía compararse con su fuerza, inteligencia y rapidez. Se había medido con todos los insectos del jardín y había llegado a esa conclusión. Era el ser más poderoso del universo. Nadie sino él era capaz de mover con sus patas traseras bolas de estiercol de semejante calibre y gracias a él no tenían arañas en su jardín. Él las había echado destrozando sus telas de araña.
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, en el pais donde se fabrica la nieve y donde el viento tiene su cuna, vivía el único hombre capaz de vivir en semejante pais donde sus campos cosechaban escarcha y el frío hablaba por las esquinas. Su nombre era Therk, y era conocido por todos como “El Señor del Frío”, aunque en realidad pocos le habían podido ver. Los que tuvieron la desdicha de verlo -cuentan las crónicas- jamás volvieron a hablar. Es por ello que la mera mención de su nombre provocara el miedo. Este miedo se veía agravado por el hecho de que no fuera un monstruo, sino alguién de figura humana. Un hombre capaz de vivir entre el intenso frío.
Francisco, siendo un niño de apenas 8 años, estaba aburrido. Era un 10 de agosto. Estaba en el pueblo que le vió nacer y estaba solo. Todos sus amigos, que es como decir todos los niños del pueblo (tan pocos habitantes tenía) estaban de vacaciones con sus padres y él no tenía con quién jugar. Harto de dar paseos por el pueblo decidió dar un paseo con su bicicleta por el bosque que había a la salida del pueblo. Había oido terribles historias sobre él, incluida una sobre un pozo traicionero que concedía lo que se le pidiera siempre y cuando se le diera algo a cambio. Su madre le había prohibido terminantemente el acercarse al bosque pero fue allí en un intent de huir de esa terrible sensación de estar sin saber que hacer.