Guillermo Nueto se puso a recapitular: ya era mayor, había cumplido los 4 años de edad y ya sabía contar hasta 10 de carrerilla y decir las letras del abecedario hasta la K, donde igual se hacía un poco de lío para continuar. Podía abrir la puerta de su habitación sin ningún problema e ir al baño él solo. En resumidas cuentas, ya era un chico grande. Y si era un chico grande no entendía cómo aún le daba miedo la oscuridad. Cada vez que miraba a la derecha y veía su gusiluz encendido sentía una doble sensación de lo más desagradable: por un lado tranquilidad al ver luz y por otro enfado consigo mismo por necesitar a ese muñeco para dormir bien. Varias veces había hecho la prueba de no encenderlo para ver cuanto aguantaba. Pero siempre había acabado cediendo y apretándolo con frenesí hasta que se encendía. Sólo hubo un día que no lo encendió, y no fue por voluntad propia, sino porque se cayó al suelo cuando, después de haber aguantado lo indecible con la luz apagada, se lanzó a por él con el corazón en la garganta. Al oír cómo caía al suelo sintió un pavor desaforado que le llevó a llorar como un descosido hasta que su madre llegó y le dió su muñeco al que abrazó como un naufrago se agarra a una tabla en medio del mar.
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Category: Cartas de KarlanKas
Mezcla habitual entre relatos cortos y hechos de mi vida.
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Muy crecido
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Viernes cultural
Era viernes, pero podría ser cualquier otro día. Gregorio Fortez salió de su casa dando un portazo. No es que estuviera especialmente enfadado, es que siempre lo hacía así desde que aquel día la puerta se desencajase. Gregorio se paró al recordarlo. No se había parado a pensarlo en todo este tiempo, y no quería hacerlo. Era agua pasada, no podía permitirse el lujo de flaquear.
Sin olvidarse de mirar antes a izquierda y derecha, se cerró el abrigo y se zambulló en el río de gente que, como él, habían madrugado. La mayoría iba al trabajo, otros a alguna tienda otros probablemente a visitar a algún familiar, pero probablemente nadie iba a hacer lo que Gregorio. Él era consciente de ello y se reia para sus adentros. (more…)
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Jueves, ese día misterioso
Era un jueves como hoy, Pablito Repollo salió de su casa con el propósito de encontrarse con su amigo Antonio Gaviota en la plaza mayor de Valdezarzos, su pueblo natal. Un pueblo de no más de ochocientos habitantes en uno de los sitios más llanos de toda La Mancha.
Pablito y Antonio eran dos milagros de la sociedad moderna. En un tiempo en el que la población rural abandona sus casas y cosechas y se van a las ciudades en busca de una mejor suerte, sus padres siguieron el camino contrario hace ya 8 años. Ellos no lo recuerdan porque nacieron aquí, es más, fueron concebidos aquí. Para ellos todo el mundo es este pueblo, no conocen más, no saben lo que es un gran almacén, o un teatro o un cine, también desconocen el sentido de la expresión embotellamiento o lo que es un semáforo o, incluso, que haya gente que mata a otros. No lo saben en gran medida porque en este pueblo no llegan las ondas hercianas de los canales de televisión, hacer que llegaran habría sido un gasto muy grande para las compañías y, por otro lado, inútil ya que nadie en dicho pueblo tiene televisión. (more…)