El color de los suspiros

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Esta mañana no sé que me pasa. Me he levantado como todos los días: Con dificultad. Sin embargo hoy ha entrado en liza una variante que si bien no es nueva, sí es poco habitual en los tiempos que corren: me he levantado tarde. Lo bueno de despertarse uno tarde es que no le cuesta nada levantarse, lo hace de un salto. Lo malo es que también se levanta tarde.

He logrado hacer todo deprisa y corriendo de forma que sólo he perdido 7 minutos con respecto a un día normal (y eso que me he levantado 20 minutos tarde) y apenas he tenido carencias: no he desayunado, no me he afeitado con tranquilidad (“Señoras y señores, vean cómo Carlos se juega la vida pasando la cuchilla afilada por su cuello al doble de la velocidad normal!!”) y nooo… estooo… ¿cómo diría? mmm… no he tenido un momento de tranquilidad en el que leer una revista… ya entendeis…

Pero, como no podía ser de otra forma, yo tenía que llegar tarde. Estaba escrito en las estrellas. Puede que Dios dijo “Pues que mañana Carlos llegue tarde al trabajo!” y al preguntarle los ángeles por el motivo de esa decisión tan poco relevante tal vez dijo “por ver cómo reacciona el tontolaba este”. Así que, ajeno a estas posibles cavilaciones divinas, decidí que el medio de transporte óptimo para no llegar demasiado tarde era el metro. Apenas descendí al andén aparecía el convoy. Esperanzado por esta feliz coincidencia, mientras me quitaba las legañas de los ojos, pensé que tal vez llegara a tiempo al trabajo.

Ya en el interior del vagón comencé a leer un libro de cuentos de D.J. Salinger que compré hace unos meses y que aún no había tenido tiempo de leer. Me da tiempo a leer el primero y me quedo flasheado. Tiene un final de lo más abrupto y triste. Es como un cuento de Oscar Wilde, en los que se empeña en hacer que todos sus preciosos cuentos terminen mal. Lo malo es que este autor no tiene la bonita prosa del magnífico autor irlandés (“El Ruiseñor y la Rosa” es de mis preferidos y en él se ve claramente lo que digo de los cuentos del escritor decimonónico).

Es una mala combinación: tener prisa, ser despistado, estar dormido e ir leyendo. Ahora que lo veo de forma retrospectiva me doy cuenta de que tenía que ocurrir como ocurrió. Resulta que llega mi parada y yo me bajo. Giro en la curva, subo el primero de los tres tramos de escaleras de esa estación y, para mi sorpresa, veo que han cambiado la estación. Ahora las taquillas están justo después del primer tramo de escaleras. Extrañado por esto continuo andando, pero al ver que no hay cartelito de transbordo para la línea 2 me doy cuenta de que cambiar el emplazamiento de la taquilla y bajar la boca de metro habría supuesto una obra tremenda a la par de inútil. Es por ello que empiezo a planterme la posibilidad de que esa no sea la estación en la que debía bajarme. Esa sospecha se ve confirmada cuando veo la estación en la que debía bajarme en la lista de las estaciones que va a recorrer el tren del que me acabo de bajar. Tras 3 largos segundos me doy cuenta de que me he bajado una estación antes. Riéndome de mi mismo, llamándome por lo bajo cosas como “Pringado”, “Atontolinado” y demás, bajo los peldaños subidos para volver a plantarme en la estación.

Ni que decir tiene que perdí toda esperanza de llegar a tiempo al trabajo. Eran las ocho menos cinco y estába a quince minutos del trabajo. Fiel a aquél proverbio chino que decía algo así como “Si las cosas tienen remedio no te preocupes, que tienen remedio .Y si las cosas no tienen remedio tampoco te preocupes, porque no tienen remedio” me senté a esperar el chucuchú (si alguien tiene otro sinónimo de tren, convoy, metro, vagón y demás que me lo diga) leyendo el libro que tan horrorizado me había dejado en el primer cuento. Cuando llega el vehículo automotriz por energía eléctrica ya he llegado a la conclusión de que a este hombre, el autor, lo que le gustan son los diálogos. A mi me parece bien, hace la trama más dinámica (hoy estoy de crítico literario… que barbaridad) pero lo hace aburrido si el diálogo lo es. Vamos, que me estoy arrepintiendo de haber comprado este libro!

Por fín llego a la estación debida, tomo mi transbordo y me planto en el trabajo a las ocho y diez. Sólo diez minutos más tarde. Soy el quinto que llega de ocho que somos, lo cual me consuela algo. Aunque el resto llega apenas cierro la puerta.

Ya me he tomado el café. La verdad es que ultimamente el café ya no tiene las mágicas propiedades que tenía sobre mi cuerpo hace unos años. Ahora apenas me deja un sabor de boca amargo. Pero nada de espabilarme ni nada parecido. Asi que dentro de poco daré una segunda oportunidad al líquido excitante este, pero no creo que surta efecto.

Ayer logré hablar con Miguel. Tras la semana pasada que estuvo todos los días desaparecidos parece que logramos vernos más de cinco minutos. Hay que darle la enhorabuena porque le han dado más funciones y le han subido el sueldo. Eso es que deben de estar contentos con él. Por otra parte le he comentado lo ocurrido con la invitación de Jaime para asistir a su boda. Supongo que vosotros tampoco lo sabreis así que me remontaré en el tiempo:

El pasado día 1 de julio el querido portero de la finca donde está el apartamento donde vivo, se fue de vacaciones. Como hace todos los años, sin embargo este año no le ha sustituido el de siempre, sino una chica con cara de ponerle mucho empeño pero que, por lo que os voy a contar, las labores de la portería le superan.

Ya las cosas parece que empezaron mal porque el portero le explicó como funcionaba todo el día antes de irse. Y claro, con tanta premura de tiempo la pobre chica no se puede enterar de las cosas. Aunque hay cosas quee…. son obvias!

Iniciado ya su proceso de sustitución tuve a bien el pedirle el correo (en esta casa no hay buzones por no sé que problemas tuvieron) ante lo cual puso cara de espanto y empezó a musitar que hay muchos vecinos que no conoce y que la lista de Fermín, el portero habitual, no la entiende muy bien. Le digo, con una sonrisa en los labios para infundirle tranquilidad, que no se preocupe. Que soy del apartamento 63 y que los nombres de los que vivimos ahí son tal y cual. La chica busca y encuentra facturas mías (como siempre) y la invitación de boda de Miguel. Recojo mis cartas y le digo que guarde la invitación, que como iba al coche y con lo despistado que soy probablemente la dejara en el coche. Me dijo que perfecto.

Total que cuando vuelvo del coche le digo a la portera que me dé la invitación de Miguel. A lo que, tras buscarla un ratito, me dice que no la tiene. Le pregunto si se la ha dado a Miguel y me dice que no sabe. Sorprendido ante esa respuesta le digo que la busque un poco más que yo le preguntaré a Miguel.

Lo malo es que todo ocurrió la semana pasada, en la que no crucé con Miguel más que 4 palabras y ninguna sobre la invitación. sin embargo volví a preguntar a la chica por la invitación y siempre me contestaba que no la encontraba. Así quedaron las cosas hasta que me llamó Jaime y me dijo que había recibido devuelta la invitación con la nota de desconocido apuntada por el cartero. La verdad es que dicha noticia me llenó de cierto enfado. Aún no he hablado con la chica. Temo perder los estribos, y en el fondo es sólo un mes lo que va a estar. Pero la verdad es que da rabia tener una invitación en la mano y por miedo a perderla, perderla irremediablemente. Jamás pensé que fuera a encontrar una portera más despistada que yo!!

Comments

3 responses to “El color de los suspiros”

  1. Miriam Avatar
    Miriam

    chucuchú ?? :mrgreen:
    son las 4.30 am y al leer ‘chucuchú’ me he reído sola!… sigue escribiendo así que me divierto mucho! 😉

  2. Tania Avatar
    Tania

    mmhhh… no se me ocurre al momento ningun adjetivo para la metropolitana…. si me viene te aviso.

    por cierto el cafe lo bebes a la americana o no?

  3. KarlanKas Avatar

    Nopes!! Es café normal… hecho con cafetera italiana:???:

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