Nunca antes Francisco había comprado un billete de lotería. Y no lo habría hecho de no ser la forma tan curiosa que tuvo aquella anciana de venderselo. No es que se le avalanzara o le dijera ninguna cosa que le hiciera gracia. Simplemente se lo vendió sin quererlo. Y él lo compró sin darse cuenta.
Todo empezó hace mucho tiempo. Francisco tenía 5 años menos y la anciana… la anciana tenía la misma edad que ahora. O al menos eso parecía habida cuenta de su aspecto. Contaba con un largo pelo blanco que llevaba muy limpio y sujeto sólo por dos horquillas que mantenían el pelo alejado de su cara. Contrastando con esa blancura llevaba un traje negro como la noche que la cubría de los pies al cuello, El cuerpo sobre el que se posaba aquella negrura era delgado, más bien enjuto y sus manos contaban con unos dedos largos y finos de una juventud inusual en una persona cuya cara aparentaba tanta edad, y es que tenía la cara llena de arrugas y esa mirada, que sólo algunos ancianos tienen, de comprender y disculpar todo. Ese perdón que sólo pueden facilitar el reconocimiento de muchos años de errores. Esta mirada le daba un especial atractivo a los grises ojos de la anciana. Un atractivo que fue fatal para nuestro querido Francisco.
La noche que se encontraron volvía Francisco a su casa. Era tarde. Había estado de juerga y regresaba con cierto estado de embriaguez que hacía que no notara el frío que hacía esa noche, y no se diera cuenta de lo solitaria que estaba la calle para ser las 2 de la mañana de un jueves. Francisco vió a la anciana desde lejos en la larga calle por la que iba y en seguida se quedó prendado con las pintas de dicha señora. Parecía una cara y unas manos que deambulaban por la calle dada la escasa iluminación y el peculiar atuendo de la viandante. Al cruzarse con ella se la quedó mirando con la fijeza y el descaro que sólo la embriaguez puede dar. Tanto la miró que la anciana no pudo más que preguntar “¿Nos conocemos, muchacho?”. Francisco, que tenía una borrachera simpática, le contestó: “No, pero me gustaría!”. “Eso tiene fácil solución -dijo la anciana- invítame a un café”. “Y por qué había de hacer eso?” preguntó el joven. “Porque, mi querido Francisco, lo estás deseando”. El chico se quedó atónito al ver que la anciana sabía su nombre y tal era la intriga que tenía que le dijo “De acuerdo!”.
Entraron en un café de la calle Frontón. Esta calle era famosa por contar con múltiples cafés que cerraban a hora muy tardía. Era un café decorado con un estilo decimonónico. Lleno de espejos, con techos altos y mesas de madera era la viva imagen la decadencia que representaba. Se sentaron en una mesa apartada. Y nada más sentarse llegó un camarero con cara de guasón y les interrogó acerca de lo que iban a consumir. Pidieron un café cada uno. En cuanto se lo sirvieron Francisco, al que por el susto ya se le había pasado los efectos etílicos, le empezó a preguntar “Cómo es que sabe mi nombre?”. “Yo sé muchas cosas sobre tí Francisco, pero no tienes porqué extrañarte, habida cuenta de que soy aquello que pediste en el pozo de los suspiros cuando tenías 9 años… bueno, la segunda parte de lo que pediste”. Ante la cara de extrañeza de Francisco la anciana le interrogó “Te acuerdas de qué es lo que pediste?”. “Pues la verdad… hace muchos años de aquello… casi 20 años y yo era un chaval…” decía Francisco intentando que no se le notara la turbación que le había producido aquella pregunta. Pero se le notaba. Estaba preocupado ante la inocente frase que la viejecilla le había dicho. “¿Estás seguro de que no te acuerdas?” le preguntó con cierto tono de incredulidad en su voz. La voz, ahora del hombre era débil como la llama de una vela a punto de apagarse. “No, -musitó con la mirada puesta en el infinito, tal vez en los recuerdos de aquél día en que escribió esa peculiar carta a los reyes magos- no me acuerdo”. La mujer, al ver que no iba a decir que sí decidió comenzar a decirlo: “Pediste que te llevaran…” pero no pudo terminar porque el chico perdió los nevios y dijo en un tono un tanto elevado y tan severo como su mirada: “Sé perfectamente lo que pedí”. “Entonces, ¿por qué no te alegras de verme?” preguntó la extraña señora. “Porque no lo quiero, vale? Era un niño, no sabía lo que decía. Me arrepentí apenas lo hice!”. “Pero lo hiciste -terció la viejecilla- y se te concedió y ahora debes pagar tu parte…”.
Francisco se puso a recordar. Es cierto que habían pasado muchos años, pero se acordaba como si fuera ayer. Existía la leyenda en el pueblo donde vivía entonces de que en mitad del bosque que había al lado del pueblo (llamado “Bosque Doscuros” por lo tupido que era el ramaje de los árboles que lo poblaban) existía un pozo mágico que concedía un deseo al que echara algo preciado en su interior. Contaban también que una vez una hermosa princesa se había tirado dentro para que se le concediera el más preciado de los deseos: que su padre viviera. Y así fue, su padre superó la gravisima enfermedad que padecía, pero al enterarse del sacrificio que había costado entró en una fuerte depresión y mandó destruir y ocultar ese pozo que para él había sido maldito. Sin embargo, por más que buscaron sus soldados no encontraron dicho pozo en ningún sitio del bosque. Y es que éste, al ser mágico, tenía la habilidad de mostrarse sólo a los que él tuviera a bien. Tras rastrear el bosque sólo descubrieron una carta plegada sujeta con una flecha en el tronco del árbol. Todos pensaron que era la carta de despedida de la bella princesa a su rey y, sin leerla, la llevaron ante el monarca que pidió soledad para leerla. Cuando se hubieron marchado todos, abrió la carta y al ver la K y la N que ocupaban todo el pergamino se llevó la mano a la frente con preocupación. Conocía el signo y no parecía que le resultase grato. Se acercó al escritorio y apretó sobre un remache decorativo que hizo que se abriera un cajón secreto. Metíó la mano en él y sacó unas gafas. Parecían unas gafas normales, pero en cuanto las tomó recitó una fórmula secreta y las gafas comenzaron a brillar. Se las puso y lo que hasta ahora habían sido solo una K y una N se tornaron en una carta. Al verla musitó “Mi querido KarlanKas, así que estás de vuelta…” y empezó a leer la misiva que rezaba así:
Día pasado por agua
Ayer fue uno de estos días en que uno piensa que debería haberse quedado en la cama. Entre el frío que pasé aquella noche y con lo que llovía de mañana no apetecía nada levantarse. El caso es que me levanté y me duché sufriendo de nuevo los efectos del frío acumulado en tan terrible emplazamiento. Tras vestirme comencé a entrar en calor. Cogí el metro donde ocurrió una cosa cuando menos curiosa: una señora pregunta a otra si se va a bajar en la siguiente, esto era especialmente significativo porque se encontraban en el lado opuesto del vagón. La cuestionada contestó que sí y quedaron tan tranquilamente esperando. Yo tomé buena nota de ello porque estaba cerca y también me iba a bajar. Llegada la parada estuve esperando a que arrancaran pero inexpicablemente para mí la que había contestado afirmativamente no arrancó hasta pasado unos segundos, segundos que se hacen horas cuando se teme el cerramiento de las puertas por parte del conductor cuando uno está dentro. En cualquier caso empezó a moverse la señora y la chica de mi derecha, viendo mis intenciones, se desplazó a su derecha para facilitarme la marcha. Gesto que agradecí con una sincera expresión oral de “gracias!” agradecimiento que ella minimizó con un “de nada” tan claro como mis gracias. Estos “de nada” se prodigan tan poco que apetece volver a dar las gracias por decir “de nada”. Pero como no quería entrar en un círculo vicioso de agradecimientos y disculpas me centré en salir del vagón, cosa que conseguí. Al salir ví a la chica que había dicho que sí salía que se encontraba efectivamente fuera (no mintíó) diciendo “Lo siento mucho pero es que había un niño delante, no querría que lo atropellara?” y comprendí que se estaba disculpando ante la chica que le había preguntado la cual sin mirarla seguía toda digna andando (se ve que había expresado su malestar). Ante la negativa a aceptar las disculpas, la disculpante optó por mascullar un “imbécil” dicho más para sus adentros que para fuera. Pero la primera lo oyó y le contestó con un “idiota” es curioso como los calificativos peyorativos de la inteligencia carecen de género. Ante esto le contestó la que había dicho “imbecil” con un “subnormal” y ésta a su vez le dijo “gilipollas” y así siguieron diciendo insultos denigrándose a ellas mismas con sus propios insultos. Abajando su calidad como persona con cada insulto que proferían. Con una sonrisa en los labios las adelanté pensando en lo fácil que es que ds personas adultas se comporten como niños.
Llegado al trabajo, trabajé hasta las 2 de la tarde que me fui a comer con Luis, Nacho y Jaime. Estuvimos hablando de cosas de lo más variado entre las que se encontraba mi futuro. Lo cual como podreis daros cuenta no me gustó mucho. No el mismo sino hablar de él. Tras la comida trabajé y volví a casa entre una lluvia de espanto. No vi a Maribel porqeu la pobree estaba muy cansada y aproveche para instalar unas cositas en un portatil que me habían dejado.
Odio la lluvia!
Cuando terminó de leer la carta se quedó pensando. Y al final dijo para sus adentros “Este hombre se inventa cosas curiosas. Algún día las entenderé!”. Y tirando de un libro de su inmensa biblioteca se abrió un cajón secreto donde guardó esta carta sobre un montón de las mismas que tenían el mismo símbolo. Lo cerró, guardó las gafas y se dijo “Habrá que seguir buscando ese maldito pozo”.
Todos esto que aconteció con la carta lo desconocía todo el mundo salvo la familia de Francisco cuyo antepasado había servido como brazo derecho del Rey y éste se lo había confiado. Francisco siguió recordando… (continuará).

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