Gritar

http://karlankas.top/wp-images/grito.jpgAndrés Froca abrió los ojos pero en seguida tuvo que volver a cerrarlos. Le dolían. La culpa era de esa luz tan brillante que entraba por la ventana de su cuarto. Giró lentamente la cabeza y notó una ola de dolor embravecido que se estrellaba contra los riscos de su maltrecho cerebro. Pero qué le pasaba? pensó cuando cesó el dolor. Reunió todo el valor que fue capaz de encontrar en los restos de su cabeza e intentó de nuevo abrirlos. Esta vez con la mano protegiéndoselos a modo de visera. Lo hizo lentamente, tras la primera rendija se quedó parado un buen rato hasta que el mareo y el dolor cesaran. Luego continuó despacio, como si de una película a camara lenta se tratara. Cuando logró abrirlos no veia nada. Sólo un cegador y deslumbrante color blanco que parecía agitar el dolor de su cabeza. Aguantó un rato. Parpadeó. Y desoyendo el dolor que invadía su cabeza obligó a su cerebro a procesar lo que sus ojos veian.

Descubrió que se encontraba en una habitación que en ese momento no sabía si era la suya. Miró alrededor con la velocidad que le permitía su resaca. Porque ya había deducido que se trataba de una, y de las gordas. Mirando al lado contrario de la ventana podía apreciar otra cama. Y dentro otra persona. Él había albergado la esperanza de encontrarse en la habitación de alguna chica con la que hubiera ligado la noche anterior, pero veía que no era así. Estaba en lo que parecía la habitación de un hospital. Todo era de color blanco y no había ningún tipo de decoración salvo el crucifijo que había entre las dos camas.

Al darse cuenta de todo esto Andrés se asustó e intentó hacer memoria de lo que había hecho el día anterior. Recordó que salió de su casa camino del cine donde había quedado con sus amigos Tomás y Roberto para ver la última película de Franccesco de la Rosilla. Recordó que era un peñazo auténtico y sopesó la posibilidad de que su estado se debiera a dicha película, finalmente desechó la idea por carente de peso. Además, después se fueron de juerga por la zona centro, estuvieron en un par de bares y luego… o fueron tres… ¡puf! cómo le dolía la cabeza al intentar recordar.

Intentó investigar, así que se incorporó con un esfuerzo sublime sobre sus codos y chisteó al que tenía al lado. Como quiera que ni le miraba se le puso a estudiar. Era una persona de edad indefinida, podría tener tanto 25 como 40 años. Estaba tumbado boca arriba con los ojos abiertos, casi desorbitados. No parecía oir. En realidad no parecía que respirara. Tan quieto estaba que Andrés se asustó. Así que se le puso a gritar… bueno, intentó hacerlo porque cuando empezó se dió cuenta de que ningún sonido salía de su garganta. ¡¡No podía hablar!! era como si no tuviera cuerdas vocales. Se llevó la mano al cuello y no notó nada raro, no tenía ninguna traqueotomía ni nada. Pero no podía hablar. Dió una palmada y la oyó claramente así que, por lo menos, no estaba sordo. Necesitaba un espejo… comprobar qué es lo que le pasaba. Se llevó los dedos al interior de la boca. Tenía su lengua, sus dientes… hasta la campanilla! Estaba tan nervioso que al comprobarlo no tuvo mesura y casi vomita de las arcadas que le dieron.

Se sentó en la cama. Aún estaba mareado, pero no podía reprimir su impulso, su necesidad de levatarse. A su izquierda estaba la ventana y a la derecha la cama. Miró por la ventana y no vió más que un jardín tras el que había un muro muy alto. En la pared del fondo había una puerta en el lado derecho y otra enfrente al lado de la cabecera de su compañero de cuarto. Andrés supuso que serían las puertas del baño y la de la salida. Fue a la que tenía a su izquierda que era la del fondo de la habitación. Era la del baño. Entró y se miró en el espejo. Tenía el pelo cortado al uno y una cara de lo más demacrada. También descubrió que vestía una especie de camisón de hospital. No entendía nada. No parecía que hubiese tenido ningún accidente, qué hacía allí? Dios mío! Si al menos recordara lo que hizo!! Se acordó de su mudez y abrió la boca e intentó mirar dentro, pero no vió nada. Era imposible. Empezó a abrir la boca, girar la cabeza… nada. No vió nada. Intentó decir algo pero no notaba ninguna vibración en su garganta y no oia nada.

Se asustó. Salió del baño y se avalanzó sobre el hombre de la cama de al lado, le agarró de las solapas y le gritó “Qué está pasando? Dónde estoy!!???” pero no se oia nada. El hombre pareció reaccionar y le miró a los ojos sin modificar su rictus salvo por una pequeña sonrisa que se le escapó por las comisuras de sus labios. Andrés, desesperado, decidió salir de la habitación. Llevó la mano al picaporte sin ninguna esperanza de que éste se abriera. Pero se abrió. Y vió un pasillo ancho y bien iluminado de hospital totalmente desierto. Sin enfermeras, ni pacientes, sin máquinas de bebidas ni nada. Había algo más que era extraño… pero no sabía descubrir que era. Empezó a andar “gritando”, iba abriendo las puertas de las habitaciones que estaban vacías. Llegó al final del pasillo. Y era el final porque una enorme puerta cerrada de doble hoja así lo indicaba. Intentó abrirla pero no parecía dejarse convencer tan fácilmente. Andrés golpeó repetidas veces contra lo que se le había antojado que era, el último escollo hasta la libertad. Sin saber que detrás de esas puertas había otro pasillo igual a este en el que estaba con las mismas habitaciones vacías. Desolado se sentó con la espalda apoyada contra la puerta y ahí descubrió lo que le chocaba tanto. Se quedó quieto, oyendo, y descubrió que no se oia nada. Absolutamente nada. Había un silencio ensordecedor en todo ese hospital. Intentó acallarlo con un grito pero… nada salió por su boca.

Asustado salió corriendo hacia el otro extremo del pasillo, abriendo puertas de habitaciones vacías. Hasta que llegó a una que era distinta. Estaba llena de papeles: por las mesas, pegados en la pared, desparramados por el suelo… todos escritos. Todos menos una pila de folios en blanco que había en una mesa del fondo. Era una pila grande, de unos 1000 folios a cuyo lado había un cubilete lleno de lápices afilados. Parecía que alguien lo había puesto allí para invitar a escribir o dibujar. Muchos de esos lápices estaban rotos desperdigados por la habitación, clavados en la pared… se ve que la desesperación llevó a muchos a destrozar los pobres lapiceros.

Andrés, sin entender nada de aquello se puso a mirar los papeles escritos. Eran cartas de gente que, como él, se encontraban en esa angustiosa situación. En todas se reflejaba la angustia y el miedo así como el desconocimiento de los motivos que habían hecho que su autor llegara hasta allí. En todas… menos en una. Una que tenía puesto en la esquina superior izquierda una “K” y una “N”, una carta que Andrés se puso a leer hipnotizado y que empezaba así:

Maldito resfriado

Siempre pasa lo mismo, uno cree que a él no le va a pasar, que él es inmune a esas cosas. Pero siempre ocurre. Antes o después… te costipas. Este año me ha pasado más bien pronto que tarde. Llevo 3 días en que cada vez estoy peor. Me mareo, no duermo bien y toso como un loco (bueno, no sé cómo toserán los locos… ¿o sí lo sé?:lol:). Y eso es lo peor, que el maldito resfriado se ha aposentado en mi garganta. Es angustioso, cada vez que toso noto un ardor en el pecho que me hace aguantar la tos hasta el último momento, sin darme cuenta de que luego es peor. También se ha hecho dueño de mi voz, tengo cierta ronquera que hace que todo el mundo por teléfono se las dé de adivino diciendo “¿Te has costipado?” y tengas que decirle una respuesta que -a fuerza de repetirla- ya te sabes de memoria: “Sí, es verdad. No sé que habrá pasado pero el otro día me levanté así y no se me quita, eh?” a lo que la gente siempre responde con sonrisa picarona “Aaah…!! ¿que harías tú esa noche para levantarte así?” ¿y qué voy a hacer? Pues me río con mi interlocutor y le sigo la broma diciendo “Si tu supieras…”. Pero es algo que me enerva, ¿Qué pensará semejante personaje que hice? Igual me levanté sonámbulo y abrí las ventanas de la casa quedandome en plena corriente! O me metí en mi nevera (no creo porque con lo pequeña que es…) o salí a la calle… o vete tú a saber porque lo dicen con una sonrisilla que no sé yo… ellos sabrán.

Hablando de sonámbulos me acuerdo que el otro día Concha (una amiga de Lourdes) me contó que es sonámbula y que trae a su marido loco. Y más ahora que por lo visto tiene la técnica de sonámbula decir que no está sonámbula, entonces su marido no sabe que hacer cuando la ve a las tres de la mañana hurgar en los cajones.

Bueno, el caso es que me duele la garganta y no me encuentro muy bien. Pero ya me curaré. Hoy es un día alegre porque es el santo de Maribel, bueno, y de todas las Isabeles (o de casi todas porque alguna Isabel celebrará su santo otro día). En cualquier caso felicito desde aquí a todas las Isabeles que celebren hoy su santo.

Acabo de comer con Jaime, Luis y Nacho en el VIPS y hemos decidido no pedirnos un menú, y es que lo tenemos más que visto. Yo me he tomado -contraviniendo todas las indicaciones de Queenie- una ensalada Cesar (he dicho en plan hortera “Caesar” y la camarera me ha corregido), una cocacola light sin hielos (habida cuenta de mi resfriado) y unas patatas fritas que nos hemos tomado entre todos… total nada. ayer comí una carne estofada que hizo mi madre que no se saltaba un torero!! Que buena estaba, con sus patatitas y todo!! Un día voy a hacerlo yo en casa. Aunque solo sea para darme a mí el capricho. ¿Que engorda? Me da igual, estoy enfermo y hay que mimarme. Si no me mimo yo ¿quién lo va a hacer?

El tema del transporte es cosa seria. Ayer fui a buscar a Maribel a la Estación de Chamartín para ir juntos en el coche a la calle Orense a buscar unos zapatos. El caso es que decidimos atajar por detrás de la castellana porque estaba aquello lleno de coches, y yo no sé dónde nos metimos que las calles eran cada vez más estrechas y la gente tenía peor pinta… casi casi llegamos al final de Madrid. Por fín logramos encarrilar el coche, pero un poco tarde porque ya habían cerrado las tiendas. Total que me tiré hora y media en el coche sin ir a ningún sitio en concreto. Como un taxista. Un espanto. Así que llevé a Maribel a su casa y yo me fui a la mia con la sensación de no haber hecho nada. Espero que hoy no pase lo mismo.

Esperemos que pronto pueda hablar bien!!

Andrés miró asombrado dicha carta y se quedó espantado. En seguida lo comprendió: ¡¡¡En ese sitio la gente se volvía loca y acababa escribiendo locuras como la que acababa de leer!!! Así que cogió un papel y un lápiz y empezó a escribir de forma frenética un mensaje para tirarlo por una ventana o mandarselo a alguien para que le vengan a ayudar. Con el miedo reflejado en su rostro se puso a escribir frenético un mensaje solicitando ayuda, sin percatarse que detrás de él había una cámara de circuito cerrado de televisión que observaba todo lo que hacía. Cuando el vigilante vió lo que hacía Andrés marcó una extensión del teléfono y tras una breve espera dijo “El experimento 313-B sigue la pauta prevista”.

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