La verdad es que siempre he sido algo paradete. No lo puedo negar. en cuanto me enfrento a alguien con un mostrador por delante y un boligrafo en la mano no soy yo mismo. Me siento como el alumno al que le van a calificar las respuestas que de. Y esto unido a una piedad mal entendida hace que vaya por la calle con un corte de pelo que echa de espaldas.
Después de mucho tiempo remoloneando por fín me decidí a ir al peluquero. Sería injusto decir que la idea partió de mí. Fue Maribel la que, después de insistir muchísimo me dió el ultimatum de que o me cortaba el pelo o ella misma me arrancaba una a una las canas que tengo. Como quiera que sé que cumple sus amenazas unido a que me duele bastante que me arranquen la cabellera y como ultimamente me han salido más canas de las que me gustaría reconocer, decidí ir a pedir hora a la peluquería de al lado de casa. Es una de estas peluquerías de caballeros de tipo B. Las de tipo A son las barberías de toda la vida, con el tipo de bata blanca y navaja en la mano que habla de fútbol y escupe si la necesidad de seguir hablando lo exige. En cambio las de tipo B son peluquerías de diseño, decorado con colores grises y olor a no sé qué. Con peluqueros uniformados de color negro y peinados curiosos. Con hilo musical y servicio de tinte. Una barbería amariconada, vamos.
El caso es que las dos ultimas veces había dicho que me daba igual quien me cortara el pelo, y las dos veces me había tocado con un chico que no me había dejado demasiado bien el pelo. Así que decidí pedir que me cortara el pelo una de las chicas (tienen dos) que tenían pinta de cortarlo bien. Total, que con la escopeta de Maribel apuntándome desde la calle, pedí hora. “¿Con alguien en particular?” me preguntaron. Y cuando iba a contestar vi al que me había cortado el pelo las dos veces anteriores me miraba y sonreia saludando. “Mierda! pensé… ¿cómo voy ahora a decir que me corte el pelo otra persona?”. Dicen que en la guerra, cuando iban a entrar en combate se decía (o se dice porque las guerras siguen existiendo) a los soldados que no miraran a los ojos de las personas a las que iban a matar, ya que descubrirían que es también un hombre y flaquearían o impediría que pudiera matarle. Pues yo me sentí igual. A punto de matar el recuerdo de malos cortes de pelo, descubrí la mirada cortés del que los había perpetrado (eran casi delitos) y no pude por menos que decir “¡me da igual!”. Vi asombrado como las palabras salían de mi boca incrédula, quise desdecirme pero sabía que no iba a hacerlo, que el peluquero torpe me había vencido.
Cuando salí de la peluquería me preguntó Maribel sobre el extremo, ya que se lo había comentado antes de entrar. Y le confesé cómo me había desarmado la cordialidad del peluquero y cómo había accedido a que me volviera a cortar el pelo. Maribel lo entendió entre risas aunque me recriminó el ser demasiado sensiblero para estos temas.
Llegados el día y la hora fui a mi encuentro con las tijeras. El cortapelos me recibió encantado de la vida. Además había leido mi nombre en el libro de reservas y me saludó con mi nombre y todo. “Hola Carlos! Vamos al lío?”. “Vamos!” le contesté con un fingido desparpajo. Me sentó en el asiento y me hizo las preguntas de rigor “¿Cómo quieres el pelo?” a lo que le contesté que lo quería muy corto por detrás y por los lados y que por arriba se pudiera peinar. Me preguntó si quería que me cortara con maquina a lo que le contesté que como quisiera, que tal vez terminaría antes. Me dijo que le daba igual. Por lo que aproveché para decirle que entonces con tijeras (a ver si así al menos se le cansa la mano y me siento menos mal cuando vea el resultado).
El hombre empezó a buen ritmo y pude ver cómo mechones grises aterriaban en la bata. Cada vez estoy más viejo! Lo bueno de este peluquero es que no habla. Es una maravilla pensar en las cosas de uno mientras que le cortan el pelo. Odio cuando se empeñan los peluqueros en sacar una conversación que no interesa a ninguno de los dos. Cuando decretó que ya había terminado observé que tenía un montón de pelo en el lado izquierdo, el el flequillo y en la parte de atrás. Le indiqué que me lo cortara más, y puso cara como la que ponen en las películas cuando desactivan una bomba y no saben muy bien que cable cortar. “Tú verás lo que haces, pero si te lo corto más igual no te puedes peinar… que tienes el pelo muy tieso!”. Vista la gravedad del acto que solicitaba, medité y le contesté finalmente “aprecio tu preocupación, pero cortamelo más que si no en seguida parezco un Beatle”. Continuó cortando, pero el pelo de la coronilla me lo dejó tal cual. Le insistí en que me lo cortara y me contestó que no se podía tocar. Que era un puro remolino y que si lo cortaba no se vería más que un ramillete de pelo en esa parte de mi cabeza. Le indiqué que si me dejaba muchas partes inexploradas mi cabeza iba a parecer una olla vieja llena de abolladuras y que hiciera el favor de usar las tijeras como un hombre y no como…” ahí me callé pensando en la fama que tienen los peluqueros.
Cuando terminó la lucha y me cortó más el pelo me mostró como quedaba por detrás. Quedaba fatal… me dejaba el pelo hasta la mitad del cuello. Al decirle que me lo corttara se negó en redondo. Y aquí ya sí que no hubo forma de hacer que se bajara del burro. Me dijo que al crecer quedaría horrible si me lo cortaba más o si me subía la línea de final del pelo.
Total: que me dejó como siempre. El pelo lleno de ondulaciones, altibajos y una colleja preparada para los golpes más insospechados. Salí enfadado conmigo mismo por no haber sabido decir que no, pero ayudé a que el peluquero se valorara más al tener un cliente fiel.
No me haré muchas fotos por ahora…
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