Educación al volante

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En mi corta, pero intensa, realidad de conductor novel he podido comprobar muchas cosas. Desde la importancia de llevar las luces cuando se hace de noche hasta lo recomendable que resulta en determinados momentos el no poner el intermitente al cambiarte de carril. Todo esto son prácticas que ya había descubierto yendo de copiloto en el coche de amigos. De lo que no me había dado cuenta es de la importancia que puede llegar a tener el ser educado al volante.

Pero no me malinterpreteis, no me refiero a la educación sin más, cosa que tenemos todos y todos procuramos practicar: ese dejar pasar a uno que se intenta meter en nuestro carril o facilitar la salida a un coche en la autopista. Eso lo hacemos todos, me refiero al exceso de amabilidad. Eso es un arma poderosa y definitiva.

Y es que en un atasco salen a relucir los peores y más bajos instintos de cada uno de nosotros, nuestra normalmente amable rostro se torna en crispado y el interés por alegrar a los demás desaparece y surge con una inusitada fuerza el individualismo y espíritu crítico hacia los demás. No admitimos que nadie se nos cuele ni queremos que nadie nos regañe por habernos colado. Es en esas situaciones en las que un conductor novel que no quiere poner en peligro ni su integridad física ni la de su coche, debe sacar toda su amabilidad, una amabilidad para usar como arma de doble filo.

La primera vez que lo probé fue hace un mes. Llevé a Maribel al Corte Inglés (para el que no lo sepa diré que son unos grandes almacenes… o tiendas por departamentos (me encanta la traducción literal) que hay en España) y a la hora de incorporarme al lateral de la castellana tenía un problema: me tenía que ganar el carril de la izquierda en apenas 50 metros porque debía girar en ese sentido. Estabamos parados en el semáforo y a mi izquierda había un taxi. Total, que ni corto ni perezoso bajé la ventanilla e hice un gesto para que me mirara el profesional de la llevanza de pasajeros. Éste me miró, probablemente convencido de que le iba a preguntar por una calle, y le dije “Perdona, me podrías dejar pasar ahora?”. El hombre, sorprendido primero y luego agradecido y p0niendo una cara que parecía querer decir “Si todos fueran como tú, cuánto ganaríamos en la circulación!!” me dijo que sí con la cabeza. Así que sin agobios, sin meter el morro… cuando el semáforo se puso en verde el taxi no avanzó y me dejó pasar. Levanté la manita como agradecimiento al señor taxista y avancé cumpliendo mi objetivo con relativa facilidad.

Esto me abrió un mundo de posibilidades que esta mañana he explotado nuevamente. Pasaba de la calzada central de la Castellana (vais a pensar que me paso la vida en esa calle pero es dificil vivir en Madrid y no pasar por allí. Es un Paseo que cruza el centro de Madrid de norte a sur. Tiene 8 carriles en la calzada central (cuatro en cada sentido) y dos “vías de servicio” de dos carriles cada una) a la calzada lateral y había un atasco tremendo. Estaban los coches parados y todos pegaditos para no dejarnos pasar a los que veníamos de la calzada central. El huequecito donde tenía que meter a Astracán estaba protegido por un cancerbero con forma de Audi A8 conducido por una mujer que a regañadientes empezaba a abandonar la mediana edad para entrar de lleno en la senectud. Este paso a la tercera edad intentaba disimularlo, sin demasiado éxito, con cantidades ingentes de pintura y maquillaje. Me dediqué a mirarla fíjamente hasta que me miró, momento en el cual, con una de mis mejores sonrisas y unos gestos que no podían llevar a error, le pedía que me dejara pasar. Venía a decir “Verdad que me vas a dejar pasar? verdad?”. La mujer primero me miró y tan sorprendida se quedó que miró corriendo a otro lado. Tras recuperarse de la sorpresa me miró de nuevo y volví a pedirselo señalando el hueco, señalándome a mi y haciendo un gesto de giro de derecha a izquierda con la mano para posteriormente poner las palmas de las manos juntas como si estuviera rezando al Altísimo.

La cara de sorpresa de la mujer era de chiste, pero no podía reirme, como estaba estupefacta le insistía levantando la barbilla mientras no dejaba de sonreir para que me contestara. Como si se temiera que hubiera una camara oculta y fastidiada por no poderme odiar y así pasar de mi solicitud de clemencia, asintió de forma tímida con la cabeza asombrada por lo fácilmente que había conseguido que me dejara pasar. Seguro que pensaba “Si me había propuesto no dejar pasar a nadie! Qué hago dejando pasar a este loco con este coche tan viejo!?”. Yo, riendome para mis adentros metí mi coche cuando avanzó el atasco y conseguí mi objetivo. Triunfé en perfecto silencio donde otros habían tenido que sufrir los insultos y los pitos de los demás automovilistas.

Total, que esa importante lección me ha servido para llegar a tiempo a la Notaría y poder escribir con prontitud. Así que no seais bobos. Sed amables y vuestro coche tendrá menos bollos! 😉

Comments

4 responses to “Educación al volante”

  1. Si|vara Avatar

    Vale, tomo nota pa cuando me saque el carnet ^^

  2. cvande Avatar

    Hay que dar la vía una vez al día 😉 Es bueno ser educado frente al volante.

  3. Felipe Avatar
    Felipe

    :mrgreen:
    No cabe duda de que la mejor arma es la diplomacía…
    gracias por el consejo!

    💡

  4. Felipe Avatar
    Felipe

    :mrgreen:
    No cabe duda de que la mejor arma es la diplomacía…
    gracias por el consejo!

    💡

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