Jacinto se despertó de pronto. En cuanto movió la espalda la notó dolorida. Llevaba mucho tiempo apoyado contra ese árbol. Demasiado. Tal vez debería levantarse. Volver a su casa. O tal vez no. Empezaba a anochecer. Los grillos comenzaban su peculiar melodía. La falta de luz empezaba a notarse. El frío hacía aparición. Y él con semejante vestidura. ¿Por qué no se volvía a casa?
Hacia un rato que había oido pasos. Gente moviendo la maleza. Gente gritando su nombre. Le estaban buscando. No contestó. No quería volver. Si se había ido era para no volver. Nunca volvería. Empezaría una nueva vida. Se iría lejos. ¿A dónde? No lo sabía. Pero se iría.
Se puso de pie. Todavía le dolía la espalda. Y tenía las rodillas entumecidas. Su indumentaria no era la más adecuada para iniciar una huida. Pero él no eligió el día. Ni, obviamente la indumentaria. Huir campo a través vistiendo un chaqué no es lo más indicado. Y hacerlo sin plan previo tampoco. No tenía plan, ni dinero… ni siquiera un teléfono con el que llamar. Por primera vez se preguntó si no sería una locura el escapar así. Y volvió a sentarse apoyado en el árbol. Y lloró. Lloró de rabia y desesperación. Lloró por no saber cómo había llegado hasta esa situación y por no saber como resolverla.
En ese momento anocheció. Empezó a hacer realmente frío por lo que decidió empezar a andar. Estar parado no le serviría de nada. Recordó que a 2 Km, atravesando el bosque transcurría un tren de mercancías.. Decidió montarse en uno e ir donde le llevaran.
Lucrecia era la mujer más bonita que Jacinto hubiese visto nunca: era guapa, simpática… lo tenía todo. Tanto es así que le pidió matrimonio a los 6 meses de conocerse. Y ella dijo que sí. Durante los 4 meses siguientes estuvieron preparando una boda que iba a celebrarse ese mismo día y que ahora ya nunca se celebraría. Jacinto se metió la mano en el bolsillo y descubrió las alianzas. Esa mañana había tenido especial cuidado de que no se le olvidaran y ahora… miró el leve brillo de las alianzas en mitad de la penumbra y el rencor se dibujó en su cara, ese rencor que quema por dentro y que cambia la forma de ser de las personas. Ese rencor que ahora hacía que se encontrara andando por un bosque a esas horas de la noche. Lanzó las alianzas al bosque. Lo más lejos que pudo. Como queriendo así echar fuera de su vida los problemas que ahora se le planteaban. Los anillos se chocaron contra un árbol. Como su vida.
Por fín llegó a la vía. Ésta transcurría apacible a través del bosque. Jacinto se puso a seguirla. De pronto oyó el tren que se aproximaba. Se escondió entre la maleza. Cuando la máquina pasó a su lado se puso a correr hasta que vió llegar un vagón de carga con la puerta corredera abierta. Se lanzó dentro. Estaba intentando retrepar al interior cuando se dió cuenta de que no podría hacerlo con la chaqueta puesta. Aun así forcejeó. Cuando creía que ningún esfuerzo sería capaz de evitar su caida notó como unas fuertes manos le cogían de los hombros de la chaqueta y tiraban de él hacia el interior del tren. Una vez dentro y tras recuperar el resuello miró a quien le había salvado para agradecerselo. Era una persona alta, de metro noventa y cinco por lo menos, fuerte y de color negro. Tenía la cara llena de heridas y cicatrices y vestía de harapos. Era un mendigo.
“Muchas gracias”, dijo Jacinto. Era la primera vez que hablaba desde que saludó a Lucrecia ante el altar. Y eso había ocurrido hacía mucho tiempo. “No hay de qué” contestó su salvador mientras observaba su indumentaria. El novio se levantó y bamboleante se fue a sentar al lado del negro que se había vuelto al rincón donde estaba cuando irrumpí en el tren. Sin mirarle éste le preguntó “Por qué vistes así? Te has escapado de una representación teatral?”. Jacinto miró su chaqué sucio, desgarrado y deformado y contestó “no, me intento escapar de mi propia vida”. “Eso lo hacemos todos -contestó el grandullón- aunque no siempre con éxito. Mi nombre es Héctor” dijo al tiempo que extendía su mano. “El mío es Jacinto” contestó al tiempo que le estrechaba la enorme mano.
“Y de qué huyes exactamente?” preguntó Héctor. Jacinto se puso a mirar al frente pensando, recordando… al final le contó cómo conoció a Lucrecia, cómo habían decidido casarse y como, tras recibir una carta descubrió el engaño y huyó. Héctor le preguntó por la carta y el despechado sacó la carta de su bolsillo y se la tendió. Estaba escrita con pluma sobre lo que parecía un pergamino.
Antes de ponerse a leer el negro buscó en sus bolsillos hasta que encontró unas gafas que se puso. Miró a Jacinto y comentó como disculpándose “La edad no perdona a nadie…” y empezó a leer con detenimiento. El encabezado contaba con una K y una N y el resto de la carta rezaba así:
Maldito fútbol
Qué duro es esto de que a uno no le guste el balompié. Hace que no sepa disculpar las estupideces que, en nombre y defensa de este deporte, hace la gente. Ayer sufrí una hora hasta que logré aparcar el coche. Fue una hora de angustia horror y cansancio que hacía que mi cabreo aumentara por momentos. Todo se debía a que el Real Madrid jugaba contra no sé qué equipo un partido de la liga de campeones. Habida cuenta de que mi casa se encuentra en las proximidades del estadio, el aparcar mi vehiculo en días como el de ayer se convierte en una misión imposible. Según iba pasando el tiempo de busqueda de aparcamiento hacía más locuras, más pirulas y más veces me colaba. La gente no me pitaba ni decía nada. Yo creo que veian mi cara de cabreo y no se atrevían a decir nada. Por fín logré aparcar relativamente cerca de mi casa. Y fue porque justo se iba delante de mí porque si no aun sigo buscando sitio. Un horror.
Hay cierta persona en casa que no soy yo que está enferma. No sé que le pasa, pero el pobre está muy malito. Fui a comprarle medicinas ayer por la tarde y cocacola a ver si se le pasaba pero creo que no se le pasó. A ver si hoy está más animado.
Al medio día comí con Luis Jaime y Nacho. Fue un momento divertido donde aprovechamos para preguntarle a Jaime los pormenores de la entrega del premio relatada ayer en este mismo medio. La verdad es que estaba encantado el chico. La comida, que fue en el vips, fue un tanto extraña porque primero trajeron los segundos, luego los primeros, después el café y por último los postres. Al final pensamos que nos iban a traer las vueltas antes de pagar, pero no fue así. Tuvimos que pagar religiosamente.
Por la mañana no pude escribir el blog porque aproveché para adelantar trabajo. Resulta que de pronto llegó un montón de laboro y necesitaba la mañana entera para hacerlo. Lo lamenté mucho porque me encontré con Ana, una muy buena amiga del Cisneros que trabaja en el portal de al lado (sí, la chica a la que le dí el regalo de bodas 3 meses más tarde de fumarme el puro) y que me dijo que le gustaba mucho el blog y que se lo leia todos los días. Le dí las gracias y le dije que para comprobar si se lo leia iba a hablar de ella. No sé, la pobre habrá estado mirando el blog de ayer en horizontal, vertical, diagonal… a ver si aparece su nombre por algún sitio. Esperemos que no se desesperara.
Ayer por la noche hice un par de cambios en el blog. Ahora aparece el pais de procedencia del que escribe los comentarios. No hace falta que pongais nada, lo saca de la dirección IP. Y también, la ficha que aparece con los conectados al pinchar en el número de conectados tiene una pequeña sorpresa. Espero que os guste.
“No entiendo nada, -dijo Héctor mientras levantaba la vista- esta carta no dice nada sobre tí ni parece que tenga ningún motivo para huir”. Al levantar la vista vió que estaba solo. Jacinto había desaparecido. “Hay gente más rara… ” pensó el negro.

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