Ayer leí en el periódico que a cada madrileño nos corresponde una media de entre 300 y 600 cucarachas. Es decir, que si un día nos decidimos a alimentarnos a base de cucarachas tendríamos hasta 600 cucarachas para cada uno. Es cierto que sería repugnante el tener que comer a semejantes bichos, pero el lado bueno sería que al terminar la cucaracha 600 acabaríamos con todas las cucarachas de Madrid. Eso sí, tendríamos que hacerlo todos a la vez. No vale que haya algún remolón que no quiera cambiar su dieta. Una solución alternativa es superar nuestro asco y pisarlas, es decir, eliminarlas, sacrificarlas, matarlas por aplastamiento. Una simple presión de 5 Kg es suficiente para reventar su exoesqueleto y hacer que muera. ¿Por qué no lo hacemos? Todos hemos matado multitud de moscas, hormigas, arañas… seguro que en nuestra vida habremos acabado con más de 600 moscas. Pero cucarachas… ¿cuantas cucarachas habremos matado cada uno a lo largo de nuestra vida? ¿veinte? ¿treinta? y cual es el motivo de tanta diferencia? El motivo de tanta diferencia es la causa de lo prolijo de su número. Y cual es? El sonido que hace una cucaracha al morir. Ese “Crrrruuch!” tan desagradable es lo que hace que nos lo pensemos dos veces antes de poner todo el peso de nuestro pie sobre tan rápido insecto.
No debería ser así, nos corresponde matar 600 cucarachas cada uno. Estoy de acuerdo en que es repugnante, pero no penseis en la desagradable sensación que se sufre cada vez que debes matar a uno de esos seres, sino a la alegría que supondría poder dar una vuelta por el Paseo del Prado una noche de verano sin ver ninguna. O poderse levantar una noche para beber agua y no tener que encender todas las luces y calzarse para no pisar ninguna sin conocimiento de causa.
¿No es loable el fín? ¿No es un sacrificio justificable?
Cumplamos todos con esta cruzada necesaria para tener una calidad de vida aceptable. Matemos 600 cucarachas cada uno. ¿A cuantas has matado hoy?
P.D.- ¿Me has votado hoy?
Aún no he ordenado mi cuarto y el estado actual es crítico. He colocado alguna cosa (como las botas de esquiar: no me quiero partir la cabeza) en su sitio pero aún quedan bastantes cosas por el suelo. Además la situación se ha agravado por la excesiva diligencia de mi hermana María. Resulta que el pasado martes le comenté que [censurado] y yo andábamos algo escasos de toallas. Pero se lo comenté como quien habla de que está lloviendo, sin ningún ánimo de que resultara una indirecta. Más bien como comentario gracioso ya que sólo teníamos dos toallas de manos (de tocador que dirían algunos): una del ejercito de tierra y otra de la Armada Española. El caso es que (si es que tengo unas hermanas que no me merezco) me dijo que no me preocupara que ella tenía toallas de sobra y que me daría. El miércoles por la tarde, al volver del trabajo, el portero me hizo notar que tenía algo para mí. Cuando me metí en la portería ví 2 bolsas grandes llenas de toallas hasta los topes. Asombrado por la diligencia de mi hermana recogí los paquetes deshaciendome en disculpas al portero por no advertirle de la posible venida de mi hermana con 2 paquetes sospechosos.
Hoy es martes, pero mis sentimientos son totalmente lunares. Estoy cansado, tengo sueño y para colmo hoy he llegado tarde al trabajo. Bien es cierto que el llegar tarde para mí no es ninguna novedad, pero desde que [censurado] entra a trabajar a las 9:00 de la mañana me veo obligado a levantarme a las 7.30 y lo prefiero porque con estos madrugones no he llegado tarde ningún día, es más suelo llegar con 15 minutos de adelanto. [censurado] me ha ofrecido turnarnos para levantarnos antes pero le he dicho que no, en el fondo prefiero levantarme antes y así tomarme el comienzo del día con tranquilidad con esos 15 minutos de asueto.
Esta tarde al llegar a casa he descubierto un sobre enorme encima del teclado del ordenador. Ese es el sitio elegido por [censurado] para dejarme cualquier cosa a mi atención, por lo que he sabido que era para mí. Corriendo he ido a investigar qué contenía. Era uno de estos sobres forrados por dentro con papel de burbujas de aire para proteger su contenido. Lo he levantado y sopesado. No parecía pesar mucho. Toqueteándolo he descubierto una caja como las empleadas para guardar las plumas y los bolis que a todos nos han regalado por nuestra primera comunión (en el caso de algunos la única). No sé si sabeis a los que me refiero. Son estos bolígrafos de parker o de inoxcrom… bueno, el caso es que he llegado a esa conclusión: alguien me envía unos boligrafos, pero… ¿quién? Corriendo he mirado lo escrito en el sobre y tras descubrir ni nombre y dirección perfectamente escritos con una caligrafía impecable, he leido el nombre y dirección del (la, en este caso) remitente. Era Miriam, una querida amiga peruana que ya me ha sorprendido más de una vez con envíos de lo más variado: empezó con una tarjeta de felicitación navideña, siguió con el tapiz que tengo en el salón de mi casa y ahora continúa con esto.