Golfo se levantó de su colchoneta. Había dormido estupendamente. Realmente era un invento esto de dormir al lado del árbol de metal caliente. Lo que más costó fue conseguir que los humanos se dieran cuenta de que era eso lo que quería. La verdad es que a veces se nota lo tontos que son estos hombres. La idea de dormir ahí no era suya. Se la había sugerido Chispa el otro día en el parque. Y la verdad es que se lo tenía que agradecer.
En cuanto se puso de pie echó los cuartos traseros para atrás doblando un poco sus patas mientras estiraba las delanteras y daba un bostezo tan grande que se le rizó la lengua. Luego fue en dirección a la cocina. Tenía más hambre que un humano obeso así que salió a trotecillo rápido. Cuando llegó a la cocina estaba la humana mayor tomándose un café. En cuanto llegó se alegró mucho y le llamó “Golfo!! grigrigrigri guapo grigrigrigrigrigri comer?” Eso estaba bien, que le dijera lo de la comida mientras le acariciaba el lomo, así que se puso a mover el rabo en señal de aprobación.
Iba Alfredo andando por los pasillos del Metro. Meditabundo. Reflexionando en lo mucho que había cambiado en los últimos años. Se planteaba si había aprovechado al ciento por ciento los días que había vivido. Si estaba aprovechándolo en ese momento. Y descubrió que tenía todo lo que podía pedir: Tenía donde dormir, tenía quien le quería y tenía un oficio que realmente le gustaba. Todo lo demás era superfluo.
Jacinto se despertó de pronto. En cuanto movió la espalda la notó dolorida. Llevaba mucho tiempo apoyado contra ese árbol. Demasiado. Tal vez debería levantarse. Volver a su casa. O tal vez no. Empezaba a anochecer. Los grillos comenzaban su peculiar melodía. La falta de luz empezaba a notarse. El frío hacía aparición. Y él con semejante vestidura. ¿Por qué no se volvía a casa?
Os comento una última noticia que ha hecho que pegue un respingo de alegría! El sábado Jaime y Ricardo, los arquitectos de los que os hablé
Edelmiro Fuensanta empezó su nuevo trabajo como controlador de peaje de la radial 4 de Madrid muy contento por la oportunidad que se le brindaba. Se prometió a si mismo que iba a desempeñar su trabajo con la diligencia y dedicación propia de una persona comprometida con su empresa y seria. Cuando le enseñaron su lugar de trabajo se sentía pletórico. Era un lujo: su mesa, su silla ergonómica, sus vistas a la sierra, su calefactor, su ordenador… todo se le antojaba genial. Incluso le dieron un anorak plumifero de la empresa.