Author: KarlanKas

  • Dulces sueños

    http://karlankas.top/wp-images/colt.jpgPerdona que entre sin llamar, la puerta estaba abierta. ¿Te sorprendes de verme? Sí, la verdad es que yo también estoy sorprendido de seguir vivo. Fue precisamente eso lo último que le dije a Leonor antes de que la pobre falleciera. Tuvo muy mala suerte, fue a dar su cabeza contra una bala que iba a más de 800 kilómetros por hora. ¿Sabes qué? Nunca había usado uno de estos cacharros, y la verdad es que es fácil. Solo hay que apretar con el índice aquí yy… bum! Jajajajaja!

    Pero no te muevas, por favor, sigue sentado. Cielo santo, Joaquín, realmente parece que has visto a un muerto! Tranquilizate! Es cierto que tal vez esté un poco desfigurado y algo chamuscado, pero es algo que ocurre cuando uno se baña en su casa de forma despreocupada con una derivación eléctrica conectada con los grifos. Tú deberías saberlo que eres electricista…

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  • Gritar

    http://karlankas.top/wp-images/grito.jpgAndrés Froca abrió los ojos pero en seguida tuvo que volver a cerrarlos. Le dolían. La culpa era de esa luz tan brillante que entraba por la ventana de su cuarto. Giró lentamente la cabeza y notó una ola de dolor embravecido que se estrellaba contra los riscos de su maltrecho cerebro. Pero qué le pasaba? pensó cuando cesó el dolor. Reunió todo el valor que fue capaz de encontrar en los restos de su cabeza e intentó de nuevo abrirlos. Esta vez con la mano protegiéndoselos a modo de visera. Lo hizo lentamente, tras la primera rendija se quedó parado un buen rato hasta que el mareo y el dolor cesaran. Luego continuó despacio, como si de una película a camara lenta se tratara. Cuando logró abrirlos no veia nada. Sólo un cegador y deslumbrante color blanco que parecía agitar el dolor de su cabeza. Aguantó un rato. Parpadeó. Y desoyendo el dolor que invadía su cabeza obligó a su cerebro a procesar lo que sus ojos veian.

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  • Nada es igual

    http://karlankas.top/wp-images/taza.jpgEran las ocho y media de la mañana en punto. Como cada día -fiel a su cita- la anciana de pelo blanco llegó, ayudándose de su bastón, hasta la mesa en la que se solía sentar. Era una mesa pegada a la ventana del frontal de la cafetería, la que estaba más cerca de la esquina sur del edificio y desde la que se podía ver toda la calle con un simple golpe de vista. No era la mejor mesa, pero la tierna ancianita siempre, desde antes de que Bernardo, el camarero, empezara a trabajar en dicha cafetería, se sentaba allí.

    Como siguiendo una obra de teatro ensayada hasta la saciedad, el camarero -que llevaba más de 10 años en dicho local- se acercó a la mesa sonriente a preguntarle lo que tomaría. Ella, como siempre, preguntó por lo que tenían para desayunar y él le contestó lo mismo de todos los días. Ella tras -siempre- dudar un poco, escogió un café con leche y una tostada con aceite y sal.

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  • Muy crecido

    Guillermo Nueto se puso a recapitular: ya era mayor, había cumplido los 4 años de edad y ya sabía contar hasta 10 de carrerilla y decir las letras del abecedario hasta la K, donde igual se hacía un poco de lío para continuar. Podía abrir la puerta de su habitación sin ningún problema e ir al baño él solo. En resumidas cuentas, ya era un chico grande. Y si era un chico grande no entendía cómo aún le daba miedo la oscuridad. Cada vez que miraba a la derecha y veía su gusiluz encendido sentía una doble sensación de lo más desagradable: por un lado tranquilidad al ver luz y por otro enfado consigo mismo por necesitar a ese muñeco para dormir bien. Varias veces había hecho la prueba de no encenderlo para ver cuanto aguantaba. Pero siempre había acabado cediendo y apretándolo con frenesí hasta que se encendía. Sólo hubo un día que no lo encendió, y no fue por voluntad propia, sino porque se cayó al suelo cuando, después de haber aguantado lo indecible con la luz apagada, se lanzó a por él con el corazón en la garganta. Al oír cómo caía al suelo sintió un pavor desaforado que le llevó a llorar como un descosido hasta que su madre llegó y le dió su muñeco al que abrazó como un naufrago se agarra a una tabla en medio del mar.
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  • Viernes cultural

    Era viernes, pero podría ser cualquier otro día. Gregorio Fortez salió de su casa dando un portazo. No es que estuviera especialmente enfadado, es que siempre lo hacía así desde que aquel día la puerta se desencajase. Gregorio se paró al recordarlo. No se había parado a pensarlo en todo este tiempo, y no quería hacerlo. Era agua pasada, no podía permitirse el lujo de flaquear.

    Sin olvidarse de mirar antes a izquierda y derecha, se cerró el abrigo y se zambulló en el río de gente que, como él, habían madrugado. La mayoría iba al trabajo, otros a alguna tienda otros probablemente a visitar a algún familiar, pero probablemente nadie iba a hacer lo que Gregorio. Él era consciente de ello y se reia para sus adentros. (more…)