Perdona que entre sin llamar, la puerta estaba abierta. ¿Te sorprendes de verme? Sí, la verdad es que yo también estoy sorprendido de seguir vivo. Fue precisamente eso lo último que le dije a Leonor antes de que la pobre falleciera. Tuvo muy mala suerte, fue a dar su cabeza contra una bala que iba a más de 800 kilómetros por hora. ¿Sabes qué? Nunca había usado uno de estos cacharros, y la verdad es que es fácil. Solo hay que apretar con el índice aquí yy… bum! Jajajajaja!
Pero no te muevas, por favor, sigue sentado. Cielo santo, Joaquín, realmente parece que has visto a un muerto! Tranquilizate! Es cierto que tal vez esté un poco desfigurado y algo chamuscado, pero es algo que ocurre cuando uno se baña en su casa de forma despreocupada con una derivación eléctrica conectada con los grifos. Tú deberías saberlo que eres electricista…
Andrés Froca abrió los ojos pero en seguida tuvo que volver a cerrarlos. Le dolían. La culpa era de esa luz tan brillante que entraba por la ventana de su cuarto. Giró lentamente la cabeza y notó una ola de dolor embravecido que se estrellaba contra los riscos de su maltrecho cerebro. Pero qué le pasaba? pensó cuando cesó el dolor. Reunió todo el valor que fue capaz de encontrar en los restos de su cabeza e intentó de nuevo abrirlos. Esta vez con la mano protegiéndoselos a modo de visera. Lo hizo lentamente, tras la primera rendija se quedó parado un buen rato hasta que el mareo y el dolor cesaran. Luego continuó despacio, como si de una película a camara lenta se tratara. Cuando logró abrirlos no veia nada. Sólo un cegador y deslumbrante color blanco que parecía agitar el dolor de su cabeza. Aguantó un rato. Parpadeó. Y desoyendo el dolor que invadía su cabeza obligó a su cerebro a procesar lo que sus ojos veian.
Eran las ocho y media de la mañana en punto. Como cada día -fiel a su cita- la anciana de pelo blanco llegó, ayudándose de su bastón, hasta la mesa en la que se solía sentar. Era una mesa pegada a la ventana del frontal de la cafetería, la que estaba más cerca de la esquina sur del edificio y desde la que se podía ver toda la calle con un simple golpe de vista. No era la mejor mesa, pero la tierna ancianita siempre, desde antes de que Bernardo, el camarero, empezara a trabajar en dicha cafetería, se sentaba allí.