Nunca antes Francisco había comprado un billete de lotería. Y no lo habría hecho de no ser la forma tan curiosa que tuvo aquella anciana de venderselo. No es que se le avalanzara o le dijera ninguna cosa que le hiciera gracia. Simplemente se lo vendió sin quererlo. Y él lo compró sin darse cuenta.
Todo empezó hace mucho tiempo. Francisco tenía 5 años menos y la anciana… la anciana tenía la misma edad que ahora. O al menos eso parecía habida cuenta de su aspecto. Contaba con un largo pelo blanco que llevaba muy limpio y sujeto sólo por dos horquillas que mantenían el pelo alejado de su cara. Contrastando con esa blancura llevaba un traje negro como la noche que la cubría de los pies al cuello, El cuerpo sobre el que se posaba aquella negrura era delgado, más bien enjuto y sus manos contaban con unos dedos largos y finos de una juventud inusual en una persona cuya cara aparentaba tanta edad, y es que tenía la cara llena de arrugas y esa mirada, que sólo algunos ancianos tienen, de comprender y disculpar todo. Ese perdón que sólo pueden facilitar el reconocimiento de muchos años de errores. Esta mirada le daba un especial atractivo a los grises ojos de la anciana. Un atractivo que fue fatal para nuestro querido Francisco.
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Edelmiro llegó pronto aquel día. No tenía muchas ganas de que le regañaran por llegar tarde su segundo día. Nada más llegar dejó su plumífero detrás de la silla, en la percha y aprovechó para revisar de arriba a abajo la cabina para ver si encontraba el dichoso altavoz que le había interrogado el día anterior. Estuvo mirando en el techo, en las paredes, en el armarito… y no descubrió más que lo que parecía un sensor de humos en lo alto del techo. Tal vez sirviera también para esconder el altavoz, pero no estaba seguro. Se había llevado un cabasse con un termo con café y un emparedado de panceta con queso por si le entraba hambre a última hora. También llevaba otro libro (ya que el que llevó el día anterior era un poco aburrido) titulado “Cómo conseguir que la mujer de tu derecha mire a su izquierda”, era un título sobre política pero él, al verlo, le había parecido de lo más adecuado para llevar al trabajo.
El monje benedictino se limpió el sudor de la frente. A pesar del frío que hacía en el interior del monasterio, estaba sudando. Y con razón. Estaba copiando una Biblia para el Obispo del lugar. Era un trabajo en el que se debía esmerar ya que posiblimente de su caligrafía y fidelidad para con los textos sagrados, dependía el estipendio que la Iglesia entregara a su convento ese año. El monje pertenecía al monasterio de Castromaría, un pueblo a las afueras de Toledo, famoso por los grandes copistas con que contaba. Entre todos ellos él era el de mayor reputación.
Este ha sido un fin de semana de lo más intenso. Lo que principalmente hemos hecho ha sido comer. Y no es que lo diga yo que estoy obsesionado con el comer desde que intento ponerme a régimen, es que es verdad. El viernes comí normal, todo hay que decirlo, sin embargo el sábado empezó el cuento de no acabar. Me fui a comer a casa de Elena y Nacho que amablemente me invitaron a su casa. El menú consistía en una riquisima paella y en una magnífica ensalada. Me puse como el kiko y luego, para bajar la comida me puse a jugar con los hijos de este matrimonio tan estupendo cuyos nombres no voy a desvelar por respetar su intimidad (esto lo he aprendido de los programas del corazón). Luego quedamos toda la chavalería para recibir a Rafa y a María que venían de Alicante con buenas nuevas. Como quiera que aún no se lo han contado a todos los implicados no me parece bien el decirlo. Pero es bastante previsible. El caso es que nos pusimos hasta arriba de tapas y raciones. Después nos fuimos a un irlandés de Huertas a tomarnos unas copillas y celebrarlo. Fue una pena que no pudieramos estar todos. Realmente nos lo pasamos bien y fue como en los viejos tiempos cuando quedabamos todos para montar juerga en cualquier sitio.
Durante generaciones se había trasladado en la familia de las moscas el temor hacia los seres de ocho patas largas. Era tan remoto en el tiempo el origen de ese temor que no se sabía muy bien el motivo del mismo. Sólo se sabía que había que hacer todo lo posible por no acercarse a estos seres tan extraños. Cuando eran meras larvas a las moscas ya se les advertía del peligro que corrían si se acercaban a ellos. Y gracias a este temor no habían tenido que lamentar ninguna baja entre sus filas por ataque de estos seres monstruosos.